Durante años, Suecia fue uno de los ejemplos más claros de cómo podían digitalizarse las escuelas.
Computadoras portátiles, tabletas y dispositivos personales se volvieron parte habitual de las aulas.
Ahora el país está revisando esa estrategia.
El gobierno sueco ha comenzado a invertir nuevamente en libros de texto impresos, bibliotecas escolares y medidas para disminuir ciertas distracciones digitales dentro de los salones.
A partir de 2026 se destinan alrededor de 555 millones de coronas suecas al año para fortalecer la disponibilidad de libros de texto.
Además, las escuelas deberán disponer de bibliotecas con personal y está previsto que el uso de teléfonos móviles sea restringido durante la jornada escolar.
El giro no significa que Suecia esté abandonando la tecnología.
La discusión se centra más bien en qué herramientas funcionan mejor para cada etapa del aprendizaje y qué ocurre cuando los dispositivos se convierten en fuente permanente de distracción.
Investigaciones revisadas por autoridades educativas han señalado que entregar una computadora a cada alumno no necesariamente mejora los resultados académicos y que algunos estudiantes presentan dificultades para mantener la atención cuando utilizan dispositivos conectados.
La experiencia sueca resulta especialmente llamativa porque no proviene de un país que rechazó la digitalización, sino de uno que la adoptó temprano y de manera intensa.
Después de apostar durante décadas por pantallas, ahora vuelve a hacer espacio para lápices, bibliotecas y páginas impresas.






