Durante años, cada nuevo teléfono prometía acabar definitivamente con las cámaras compactas.
Más megapíxeles, fotografía computacional, modo noche, HDR e inteligencia artificial parecían haber convertido aquellas pequeñas cámaras digitales de los 2000 en objetos destinados a permanecer guardados en un cajón.
Pero están regresando.
La Generación Z ha recuperado cámaras compactas antiguas como parte del renacimiento de la estética Y2K.
Y precisamente muchas de sus antiguas limitaciones son ahora parte del atractivo.
El flash frontal intenso, el ruido digital, los colores menos procesados y las imágenes que no parecen perfectamente iluminadas ofrecen una apariencia diferente a las fotografías producidas automáticamente por un smartphone moderno.
También cambia la experiencia.
Tomar fotografías con una cámara independiente evita revisar inmediatamente notificaciones, mensajes y redes sociales. Las imágenes permanecen almacenadas hasta que posteriormente se transfieren a otro dispositivo.
La tendencia forma parte de un fenómeno más amplio que también ha recuperado vinilos, reproductores de música antiguos y cámaras analógicas.
Después de años persiguiendo fotografías técnicamente perfectas, la imperfección volvió a convertirse en una estética deseable.







