Décadas antes de que una persona pisara la Luna, científicos estadounidenses ya habían conseguido algo que parecía extraordinario: enviar una señal desde la Tierra, hacerla rebotar en nuestro satélite natural y detectar su regreso.
El experimento ocurrió en enero de 1946 y recibió el nombre de Project Diana.
Un equipo del Signal Corps de Estados Unidos utilizó equipo de radar modificado para transmitir pulsos hacia la Luna. La señal recorrió aproximadamente 768 mil kilómetros entre el viaje de ida y regreso.
Debido a la distancia y a la velocidad de la luz, cada eco tardaba alrededor de 2.5 segundos en volver a ser detectado.
Aunque hoy pueda parecer un experimento relativamente sencillo frente a las comunicaciones espaciales modernas, en aquel momento resolvió una pregunta fundamental: si las ondas de radio podían atravesar la ionosfera terrestre y utilizarse para establecer comunicaciones más allá de nuestro planeta.
El éxito de Project Diana abrió nuevas posibilidades para el estudio mediante radar de objetos astronómicos y para el posterior desarrollo de comunicaciones espaciales.
También dejó una de las demostraciones más curiosas de la historia de la tecnología: ocho décadas antes de las actuales redes de satélites y comunicaciones interplanetarias, la humanidad ya había conseguido utilizar a la propia Luna como un gigantesco reflector de señales.







