Entrar a la biblioteca histórica de la catedral de Hereford, en Inglaterra, es encontrarse con una medida de seguridad que hoy parece parte de una película: los libros están sujetos a los estantes con cadenas.
El sistema tenía una finalidad concreta. Una cadena unida a la cubierta de cada volumen permitía retirarlo del estante y abrirlo sobre un escritorio cercano, pero impedía llevárselo. Los ejemplares se colocaban incluso con el canto de las páginas hacia el lector, en vez del lomo, para evitar que la cadena se enredara al sacarlos.
La catedral explica que encadenar libros fue una práctica de seguridad extendida en bibliotecas europeas durante siglos. Su colección del siglo XVII es el mayor ejemplo conservado con sus cadenas, barras y cerraduras originales. Entre sus fondos también hay manuscritos medievales, incluido un libro de los Evangelios del siglo VIII.
Los libros permanecen expuestos en una sala acondicionada para protegerlos. Hoy las cadenas ya no responden a la necesidad cotidiana de impedir que alguien se lleve un volumen: ayudan a mostrar cómo se consultaba y resguardaba el conocimiento cuando cada libro era un objeto especialmente valioso.







